Partidos políticos, programas electorales y avales. "La ley Garante"

Persuadido de la importancia del voto, aunque consciente de su futilidad cósmica, al menos a título individual, me he aprestado esta semana a leer programas electorales y así empaparme de las ideas que nos brindan amablemente los partidos. La tarea está siendo de todo menos sencilla, dado que las únicas web en las que he logrado encontrar recopilada algo de información sobre la mayoría de ellos, son la de la junta electoral central, que se limita a recoger los partidos inscritos, y esta: www.portalelectoral.es, que por iniciativa privada han creado un grupo de profesores universitarios y periodistas; benditos sean por su iniciativa, eso es democracia participativa. Mi pequeña investigación, sin embargo, no ha sido vana, puesto que me ha permitido alcanzar una verdad que se me antoja reveladora de la democracia española y es que:

Para presentarse en España a las elecciones con un partido político, es más importante tener amigos que ideas o programas electorales.

Así, efectivamente, ciñéndose a la ley orgánica 5/1985 del régimen electoral general, a la ley orgánica 2/2011 (que modifica, entre otros, el artículo 169 de la primera, exigiendo avales a las formaciones sin representación “del 0,1 % de los electores inscritos en el censo electoral de la circunscripción por la que pretendan su elección”) y a la ley orgánica 6/2002 de partidos políticos, uno puede llegar a la errónea conclusión de que lo realmente necesario en nuestra democracia para aspirar a un escaño es, registrar un partido farsa con unos estatutos generalistas, dejar su rúbrica en una bonita lista, estar lo suficientemente cuerdo, no estar declarado un delincuente oficial y, sobretodo, tener un nutrido grupo de amigos que quieran “chupar del bote”; o ganárselos con regalos y mentiras, claro está.

De esta perspectiva sensacionalista surge el quid del asunto, y es que, tal y como está planteada la génesis de nuestra democracia, esto puede dar pie a que lo primero sea buscar los amigos dejando de un lado las ideas, con lo que dicha génesis parte del presupuesto viciado del amiguismo económico o simpatía emocional, principios bien arraigados en la naturaleza y conciencia política españolas, que llevado al extremo puede derivar en que nuestros amigos impongan las ideas sin importar los principios o la coherencia de la acción política, de forma que esta en suma sea una cáscara vacía o un brindis al sol construido bajo la premisa de la adaptación a sus pareceres; otramente dicho, populismo o clientelismo.

Es decir, insistiendo nuevamente en la anterior exposición, que uno puede asociarse a la sazón con un grupúsculo de falsarios indocumentados, realizar una seductora propaganda prometiendo el oro y el moro con objeto de amasar unas cuantas firmas gracias al malestar social, y así presentarse para conseguir la deseada poltrona, que luego dios dirá.

Pues bien, deberíamos abogar antes por que, además de los avales, a los partidos políticos se les exigiese, en el día de su registro en la junta electoral central, ideas y programas que concretasen, con carácter comprehensivo, sus pretendidas soluciones a la agenda española, y que dichos programas fueran claramente expuestos en una web oficial en dicha junta, o en una web al estilo de la de www.portalelectoral.es que recopilase todas las opciones, de forma que existiese constancia oficial. Y dando una vuelta de tuerca, sugeriría crear una ley, llamémosla pretenciosamente: “La ley Garante”, que obligase, ante un flagrante incumplimiento de su programa, a convocar nuevas elecciones, puesto que su elección sería nula de pleno sentido común, ya que se habría realizado amparándose los susodichos en la mentira, lo que a todas luces deslegitimiza su nombramiento, que debe fundamentarse en las ideas. Para ello podríamos, en la misma web propuesta, crear un apartado con un medidor de promesas cumplidas, a la manera del famoso Obámetro americano, que vigilase puntualmente la consecución de unos mínimos.

Quizás solo lo consideren una cuestión de forma… pero yo, no sé ustedes… yo voto por ideas y programas.

 

Fernando Vich