Mérito y esfuerzo, la herencia deseable

Embelesados por el concepto de justicia, que es dar a cada cual lo que le corresponde, no podremos sino escandalizarnos al echar un vistazo a nuestra sociedad actual, paradigma indiscutible del desconcierto contributivo y distributivo.

Todo sistema que aspire a una equitativa repartición de su patrimonio de acuerdo a los méritos y el esfuerzo, chocará de entrada con la valoración de dichos méritos, de los que en muchos casos no se podrá sino dar una estimación subjetiva. Para paliar en alguna medida esta problemática se recurre generalmente a la objetivación de las cualidades por medio de test o pruebas que puedan dar una referencia, por ejemplo, sobre la inteligencia de un individuo,con el número de respuestas acertadas, o sobre la naturaleza de su esfuerzo, con el número de horas de clase necesarias para culminar el plan de estudios de una carrera. Siempre habrá que asumir sin embargo, que dichas cuantificaciones pueden obviar aspectos cualitativos de gran relevancia: no tienen nada que ver cuatro horas cavando una zanja que cuatro horas en un debate parlamentario, aunque haya coincidencia de lapso temporal trabajado. Y ahí es donde se aplican coeficientes de ponderación.

En cualquier caso, en el extremo, sería factible evaluar a dos personas diferentes y clasificarlas según un baremo; para ello sólo se necesitaría:

1 Conocer todas las vicisitudes de los dos individuos.

El primero de los requisitos está íntimamente enraizado con la intimidad y el control. Nuestras sociedades tienden naturalmente a surtirse de herramientas para ejercer dicho control, dicha vigilancia, que socaba poco a poco nuestra intimidad amparada en el anonimato, transforma nuestras ciudades de nuevo en aldeas, y nos vuelve prisioneros y guardas de aquellos que nos rodean. En nombre de la justicia y ante la imperfecta honestidad humana, la sociedad tendrá que definir al detalle qué parte de esa intimidad quedará expuesta y bajo qué procedimiento deberá de hacerse pública.

2 Tener un baremo establecido con el peso proporcional de cada cualidad.

El segundo de los requisitos choca constantemente con el vehemente deseo de discrecionalidad de la autoridad, dado que si todo está reglado, la decisión sobre la cobertura de un puesto viene marcada por la resolución de una ecuación matemática y nunca por la oscilación de un dedo o la devolución de un favor. La tendencia natural de nuestra sociedad debería ser a establecer dichas ecuaciones matemáticas allí donde fuere posible, para evitar que el caprichoso arbitrio frustrara vidas y carreras.

El reto, como se puede ver, es principalmente un reto moral, una encarnizada lucha contra el sistema de favores y clientelismos. Hay que desmontar el sistema y nada mejor que comenzar por el estamento que más convive con dicho contexto, el estamento planificador de la reproducción social; lo han adivinado, los políticos. Quizás se podría comenzar con declarar unos mínimos exigibles para aspirar a un cargo e instaurar el voto directo a los candidatos con un sistema de listas abiertas.

No hay que dejarse ofuscar sin embargo por los detalles, lo anterior sirva solo a modo de ejemplo. Realmente es una nueva cultura la que se necesita refundar, la cultura del mérito y el esfuerzo, que otorgue una retribución proporcional al sacrificio personal que cada cual realice. No solo atañe a los políticos, incumbe a toda la sociedad, y para ello se pueden incluso plantear cambios drásticos de mentalidad, como, por ejemplo, la limitación de los derechos de herencia.

 

Fernando Vich