Gobernabilidad vs indefensión política de las minorías.

Uno de las mayores objeciones a la democracia directa electrónica se fundamenta sin duda en este concepto, la gobernabilidad, con ideas que se adhieren a ella, como la indefensión de las minorías en contraposición a la tiranía de las mayorías, la espectacularización de la política o la necesidad de una jerarquía que imponga una directriz política asegurando una línea coherente de acción.

Como un tal McLuhan decía: “El medio es el mensaje”.

Siguiendo este interesante axioma, si la política está espectacularizada no es problema de la forma que adopta el sistema político en sí, sino de los medios de los que se surte para realizar el debate en su seno y que, en nuestro caso, fomentan un debate irreflexivo, manipulado y desigual, con un lenguaje simplista, efectista, populista o, simple y llanamente, demagógico.

Llama fuertemente la atención, por ejemplo, que nuestros eurodiputados sintieran la presión popular a través de unos twitters en los que se les conminaba a abandonar el privilegio de volar en primera clase. Sin entrar a valorar el sujeto de decisión, Twitter se compone de una serie de mensajes cortos de 140 caracteres en un sistema informático de carácter privado, restringido a los usuarios que deciden conveniente usarlo, con lo que el “debate”, por llamarlo de alguna manera, queda totalmente desvirtuado.

Otro ejemplo que atañe a la representatividad lo tenemos en la televisión, en la que los partidos minoritarios se ven, en aras del reducido tiempo (o lo que fuere), relegados a la ignominia. La televisión no solo espectaculariza sino que arrincona a las minorías, y nadie se echa las manos a la cabeza.

La indefensión de las minorías:

En cierta forma la frase es un pleonasmo, es decir, los términos son redundantes dado que una minoría por definición siempre estará indefensa ante una mayoría. Si nos vamos al paradigma extremo de las minorías, el individuo, veremos que una persona desde su nacimiento debe de amoldarse a las leyes de la sociedad, nacidas de las costumbres de los pueblos (los que constituyen esa nociva mayoría), por su noción de bien y mal. Así, realmente, lo importante no es que las minorías no estén representadas, sino que las mayorías obren inspiradas por el “bien” o, digamos mejor, una “moral sensata". Porque por definición, las mayorías siempre tiranizan. Y si no es así, llegamos al absurdo quizás mayor en que unos pocos deciden el futuro de muchos.

Tomando como ejemplo nuestra democracia, nadie se escandaliza por la mayoría ahora dominante, los mercados, que bajo su batuta financiera y su lógica del capital aplican el rodillo sobre el estado del bienestar en pro de maximizar beneficios.

La jerarquía y la directriz política:

Una directriz política que asegure la gobernabilidad puede parecer indispensable, pero siendo sinceros, nuestro sistema actual sólo alimenta una política posible; la de los mercados, nutridos por algunos de los impulsos más bajos del hombre, la avaricia y la envidia. El resto, lo que se quiere llamar política, son solo formas de gastar el dinero.

Mercados a parte, es cierto que se necesita cierto orden, cierto grado de jerarquía, y en ocasiones, en situaciones críticas, cuando el sistema resulta ser demasiado inflexible, se debería sacrificar la capacidad participativa en pro de la efectividad. A la manera, por ejemplo, como hicieran los romanos, que, cuando el peligro acechaba, nombraban por un periodo limitado a un Tirano que los guiara en la incertidumbre.

Quizás valga más una mala decisión a tiempo que lleve a una acción coordinada y eficaz, que una buena a destiempo que nos sitúe frente al abismo. La primera probablemente, sirva al menos para restaurar la confianza, que es la que realmente está en crisis hoy, crisis que nace, con razón, de la previa crisis de los valores.

Como conclusión:

Es posible que el estado cree un sistema en el que el medio, los sistemas de información, mejoren la capacidad de sostener un auténtico debate que aglutine todas las opciones, donde las minorías puedan dejar su sentir, de manera que sean refrendadas en mayor o menor medida por las mayorías. Deberemos de ser conscientes de que ese nuevo sistema participativo, cualquiera que fuera la forma en la que al final se materializase, debería tener una vigencia y un grado de jerarquía adaptada a la situación y a su capacidad para enfrentarse a ella, de forma que la gobernabilidad se asegurara en sus mínimos. Y para llegar a ello, para lograrlo, la primera tarea pudiera ser reformar al individuo y sus valores.

Nada mejor que una crisis para asentar los principios del cambio, y su posterior recuperación para llevarlos a cabo.


Fernando Vich